Cuando me preguntó mi opinión sobre la gravedad del asunto creí que una ingeniosa evasiva sería suficiente y con la ligereza típica del experto comenté, “únicamente tres de cada 100 lo padecen, despreocúpate de ello, lo llaman consciencia”; de inmediato replicó, mientras una pequeña sonrisa se dibujaba en su rostro y sus indulgentes manos trataban de seguir a sus palabras con un extraño ritmo, “Sos fácil, muy fácil”, no evite sonrojarme, no era posible desconocer lo cierto de sus palabras, no obstante, el ridículo al que me expuso se me antojó arrobador, como la más fina muestra de un excelso galanteo al que sin duda tenía que responder, para salir bien librado al mejor estilo brasilero le entregue mi sorriso al tiempo que acariciaba su hombro y miraba sus ojos, así noté como un poco de arrebol parcialmente le tomaba la cara, y cual si hubiese probado una bebida mística el mío comenzó a desvanecer.
Tan rápidas como las palabras que se dan en la cama, con la misma precisión de los impactos mortíferos de una ametralladora, dejó salir una sarta de argumento flojos que intentaban vanamente convencerme de no ver lo obvio. Ya era tarde, tarde para ambos, y tarde para el día; la contundente indiferencia del mundo a nuestro encuentro lo hacía ver como prohibido dándole un carácter excitante, de repente enérgicamente comenzamos a gritar y las paredes del exilio dejaron que por un momento los otros vieran lo raro de nuestra existencia, permitiendo por un instante hacernos conscientes de que éramos otros, los otros.
Sólo entonces, cuando las miradas ya no nos marcaban, cuando los reproches venían sólo de nuestras conciencias, supimos que no hacía falta habitar en una sociedad para saber de su existencia. Es fácil caer en el abismo del autocontrol cuando somos jueces de la propia sedición.
Tan rápidas como las palabras que se dan en la cama, con la misma precisión de los impactos mortíferos de una ametralladora, dejó salir una sarta de argumento flojos que intentaban vanamente convencerme de no ver lo obvio. Ya era tarde, tarde para ambos, y tarde para el día; la contundente indiferencia del mundo a nuestro encuentro lo hacía ver como prohibido dándole un carácter excitante, de repente enérgicamente comenzamos a gritar y las paredes del exilio dejaron que por un momento los otros vieran lo raro de nuestra existencia, permitiendo por un instante hacernos conscientes de que éramos otros, los otros.
Sólo entonces, cuando las miradas ya no nos marcaban, cuando los reproches venían sólo de nuestras conciencias, supimos que no hacía falta habitar en una sociedad para saber de su existencia. Es fácil caer en el abismo del autocontrol cuando somos jueces de la propia sedición.
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