Después de tres horas de conversación y de escuchar la insinuación absurda de la verosimilitud de su tesis de seducción, pensé en sentenciar , "Solo así, tomando y agitando la parte más larga y más dura de cada hombre, la que le constituye y le da soporte, entre las manos para sacudir con firmeza hasta el más recóndito recinto de su existencia, podrá obtenerse de cada uno lo mejor de si"; de inmediato me percaté del aspecto pintoresco que hubiese investido a esa aseveración y de la apología al acto cándido de la autosatisfacción que constituía; sin embargo no fueron estos los motivos para omitir su mención, y evitar así, su existencia en el mundo de lo fáctico.
Lo cierto fue lo que sigue a continuación, que como otro antes dijera, por la forma en que se enuncia, podría asemejarse más a un embutido que a una concatenación coherente de palabras escogidas; mi razón fue, que creí haber creído esa opinión irrelevante, mientras me encontraba despierto del sueño eterno de lo infinito, contenido por la nube de cosas enlazadas que configura lo que los otros solo en apariencia pueden conocer de mi, y que tanto afecta lo que yo mismo puedo concebir como mi consciencia y esencia, por cuanto interactua con eso que otro en algún momento nombró como lo que acaece.
Ya aclarado ese aspecto; mi relación con él, su mundo y mi mundo, lo acaecido y acaesible, es evidente que me encontré frente a la disyuntiva de mencionar la ideas de otros que configuran las mías u omitir la enunciación de palabras y crear en el mundo del ser esa nada cargada de significación que se conoce como silencio y que es siempre distinta. Como develé en las primeras lineas por la conjugación pretérito perfecta de ese verbo contenedor de esa acción tan valorada por lo griegos, opté por lo segundo, que se hizo único y primero a través de la inacción de mi boca.
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